Hasta el día de hoy son pocos los que me entienden”, dice Francisco Bertona. Cuando terminó la secundaria, en 2006, con 17 años, sabía que quería estudiar Ingeniería Nuclear y sabía que para eso habría de vivir en Bariloche algunos años, lejos de su familia, de sus amigos y de Mendoza, que fue su casa desde la infancia. “Lejos de la montaña no sé si lo hubiera hecho”, agrega el flamante ingeniero, y desconcierta.

 

 

La relación que Francisco tiene con la nieve es casi tan fuerte como la que lo une con la Ingeniería Nuclear, o más, no sabemos, a lo mejor él tampoco sabe. “Si la carrera hubiera estado en Buenos Aires no sé si hubiera ido a estudiar allá, es una ciudad muy grande”, pero en cambio la carrera está en Bariloche, donde Francisco vive desde 2009.

En ese entorno montañoso, en junio, el joven mendocino por adopción, de apenas 23 años, se recibió de ingeniero nuclear y defendió la tesis que se desprendió de su trabajo integrador final: Análisis Neutrónico de las Barras de Control del Reactor CAREM-25 haciendo uso del Código MCNP.

“El reactor CAREM-25 es un proyecto de reactor con un desarrollo totalmente argentino y uno de los componentes son barras de control que están dentro del reactor. Yo estudié el efecto de la radiación sobre las barras para poder saber cómo actuaban una vez que las sacabas del reactor”, explica Francisco, pero se le nota que sabe que probablemente muy pocos entiendan de lo que habla.

“Mi trabajo es un aporte a algo más grande. Uno de los resultados del trabajo fue bastante interesante, salió a la luz que había un material que se gastaba más de lo que se esperaba y había que avaluar el efecto”, cuenta el joven.

El pasado

Juan Francisco Bertona llegó a Mendoza con 10 años y aquí estudió toda la primaria, la secundaria, los primeros años de la universidad y asegura que aquí quiere volver a trabajar alguna vez porque la provincia le gusta mucho.

El joven sostiene que siempre supo que la ingeniería nuclear era su futuro y que el destino era el Instituto Balseiro. “Fue lo que decidí cuando terminé el colegio”, cuenta. Después de dos años de Ingeniería Civil en la UNCuyo, durante el primer semestre de su tercer año rindió para el Balseiro y quedó.

En Mendoza dejó a sus padres, a su hermana de 15 años y a su hermano de 20, con quienes, asegura, tiene una relación que “siempre fue muy buena” y se mudó al pabellón donde viven los estudiantes del Balseiro, en Bariloche.

“Allá tus compañeros se vuelven tu familia”, dice, “especialmente al comienzo cuando vivís en el pabellón, todos juntos”. Al año y medio de estar en el sur Francisco se mudó a una cabaña con un compañero rosarino, a 3 kilómetros del instituto y tan sólo 20 minutos del cerro Catedral, en donde esquía diariamente.

“Esquiar me gusta especialmente, pero también escalar y andar en bicicleta. Y la música...”, detalla.

El futuro

Ahora que terminó la universidad está decidido a tomarse vacaciones. “Me voy a quedar en Bariloche para esquiar, porque ya tengo el pase”, dice. Posiblemente en setiembre vuelva a Mendoza. “La idea sería volverme y seguir esquiando en el verano y después ver si estudio algo afuera”. Aunque todavía no tiene nada decidido el joven ya tiene en claro algunas cosas: “Me gusta el campo nuclear y Francia es uno de los mejores lugares para estudiar porque ahí es donde más se ha desarrollado, también hay muchas ofertas interesantes en Suecia, no exactamente becas pero sí contactos a través de los profesores”.

“Me gustaría después ver si vuelvo a trabajar a Mendoza”, agrega finalmente Francisco. Y es que aquí a lo mejor será donde finalmente se unan sus afectos, su profesión y su montaña.

“Me costó quedarme adentro”

“Lo que más me costó fue mantenerme mucho adentro porque me gusta salir, hacer deportes”, recuerda Francisco Bertona después de cursar y aprobar tres años en el Instituto Balseiro y recibirse de ingeniero nuclear con la carrera llevada al día.

Cuenta el joven que la organización del Balseiro se basa en 6 semestres, cada uno con 3 a 6 materias. Al finalizar cada uno hay tres semanas de exámenes (las semanas cero, la uno y la dos) para rendir todas las materias de ese semestre. “Acá el ritmo es ir al día sí o sí, cursás seis meses, dejás, y tenés las semanas de exámenes”.

Además de una exigente evaluación de ingreso (que se rinde a mediados del tercer año de Ingeniería, carrera previa obligatoria para acceder al Balseiro) los aspirantes tienen una entrevista personal. “Es más o menos para ver si se la van a bancar”, dice Francisco.

Los profesores, con quienes “hay mucha interacción”, juegan un papel fundamental en la vida de los estudiantes. “Hay cátedras con más profesores que alumnos y están siempre encima. Es común que a fin de semestre se organicen asados, los profesores son siempre gente muy interesante porque son muy copados en sus campos”.

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