Por Luis Bruschtein
La campaña terminó. Por fin. Nunca fue tan larga entre desdoblamientos de fechas provinciales y municipales; primeras y segundas vueltas provinciales; primarias y generales con sus dos vueltas también.

 Si este domingo no se resuelve en primera vuelta, cada porteño tendrá que votar seis veces, lo mismo que en varias provincias. La política no es el enemigo, siempre es mejor que sobre a que falte. Pero los candidatos están destrozados de dar vueltas por lo menos desde principios de año. Hay una sociedad intoxicada de exhortaciones, consejos, advertencias, acusaciones y una manipulación mediática prolongada en la desesperación de constatar que no le alcanzó para consolidar un resultado. Basta de spot. Stop al spot.

La diferencia, lo que dio aire para soportar semejante maratón que de otra manera hubiera terminado en una rebelión antipolítica, fueron las ausencias. Por primera vez en doce años Néstor y Cristina Kirchner no figuraron en las listas. La oposición lo tomó como una gran oportunidad y el oficialismo como un fuerte desafío. Para los primeros, a izquierda y derecha, porque vieron la posibilidad de volver al pasado o de ocupar el lugar al que sienten usurpado por el kirchnerismo. Competir contra alguno de los dos Kirchner les hubiera resultado imposible. Néstor Kirchner, que falleció después de haber perdido una elección legislativa, ahora es reivindicado hasta por la oposición. Y Cristina deja la presidencia con una imagen positiva más alta que cualquiera de los candidatos que compiten, por encima del 50 por ciento. Pero esas representaciones no se transfieren en forma mecánica. El gran desafío para el kirchnerismo ha sido en esta campaña verificar que el aval político que lograron sus principales dirigentes pudiera ser trasladado por lo menos en forma mayoritaria hacia sus candidatos.

Fue una campaña que generó gran cantidad de tensiones derivadas de lo que estaba en juego. Para la oposición política significó la oportunidad de terminar con la preeminencia de doce años del kirchnerismo. Para las corporaciones económicas que se vieron afectadas en estos doce años por las políticas del gobierno, ha sido la posibilidad de impulsar candidatos que les permitan volver a incidir en la Casa Rosada. Algunos ribetes de la campaña asumieron formas verdaderamente despiadadas como cuando Elisa Carrió llevó a su casa a un narcotraficante para que acuse a Aníbal Fernández de tres asesinatos. El ensañamiento de los medios corporativos y de sus periodistas más militantes solamente puede ser comparado con el que sufrió el primer peronismo o incluso con el que derivó en el golpe militar contra el radical Arturo Illia.

La denuncia de Patricia Bullrich y Laura Alonso tres días antes de las elecciones se encuadra en esa práctica que pinta el rostro más sucio de la política. “Nerca podrida” diría cualquier editor antes de descartarla por material de opereta. Anónima, sin pruebas, tres días antes de las elecciones. Las que reciben la denuncia no hacen la denuncia judicial pero acuden a los medios, los jueces se enteran de los detalles por los medios. Y en vez de ratificar las denuncias para que los jueces puedan actuar, las diputadas se dedican a denunciar a los jueces. Lo único que hay es una lista de personas supuestamente vigiladas desde direcciones que no existen. Una lista mistonga porque mezcla a espías con políticos y periodistas de la oposición y algunos artistas con popularidad suficiente para provocar repercusiones. Varios de los que estaban en la lista hicieron analizar sus teléfonos y el resultado de las pericias fueron negativos. Nadie los interfirió. Ninguno de los supuestamente espiados se presentó como querellante. Las dos diputadas del PRO consiguieron alguna repercusión mediática y parlamentaria boba, casi por compromiso, para no dejarlas en la estacada ante la evidencia tan clara de que se trataba de una operación muy burda.

Bullrich y Alonso fueron dos de las personas que tuvieron contacto con el fiscal Nisman antes de su muerte. Estuvieron entre las que lo presionaron para que se inmolara profesionalmente con la denuncia contra la presidenta que se aprestaba a presentar sin pruebas, con información insustancial y ridícula y llena de contradicciones, al comienzo de este año electoral. De estar con vida, la carrera profesional de Nisman hubiera estallado en pedazos con la presentación de esta denuncia que acumuló críticas judiciales y fallos en su contra. Otro con quien Nisman buscó desesperadamente contactarse antes de su muerte fue con el ex jefe de los espías “Jaime” Stiuso. Con varias denuncias en su contra, Stiuso se escondió en el extranjero y ahora está protegido por los servicios de Inteligencia norteamericanos. Aunque Stiuso lo negó, los colaboradores del fiscal coinciden en que sin el consejo o la presión de Stiuso, Nisman nunca se hubiera lanzado a esa aventura. Alonso y Bullrich, que estuvieron involucradas en la operación de Inteligencia que había orquestado Stiuso con Nisman, aparecen ahora, otra vez, ligadas a una operación de Inteligencia que pone al jefe de los espías –y a toda su familia, incluyendo a su nieto de ocho años– como víctima de espionaje, su propia especialidad. En todo caso, Laura Alonso y Patricia Bullrich estuvieron al principio y al final de esta extensa campaña y en situaciones que las relacionan con el misterioso Stiuso, el hombre de las operaciones.

Una denuncia con pruebas consistentes no es campaña sucia. Aunque lo más prudente sería no hacerla durante una campaña, incluso ese punto es secundario si la denuncia tiene entidad. Si se hace durante la campaña y no tiene consistencia, es campaña sucia, parte de una política que trata de manipular a las personas con mentiras y golpes bajos. Alonso fue titular de la ONG Poder Ciudadano que se define como necesariamente independiente porque se dedica a controlar la transparencia de los políticos. Si se controla solamente a los oficialistas es porque está con la oposición. Resultó que la supuesta independiente se convirtió en la diputada del PRO que defiende al jefe de esa fuerza política de las denuncias de corrupción que surgen de la propia información del Gobierno de la Ciudad sobre su pauta publicitaria. Esa misma pauta publicitaria da cuenta de la discriminación política con que es distribuida y de la ausencia total de un criterio democrático verdadero sobre libertad de expresión. Aunque es el candidato de mucho periodista estrella que declama contra la ley de medios, hay una concepción que comparten esos periodistas y los medios donde trabajan que es coherente con la práctica de Mauricio Macri. En estos ocho años que ejerció como jefe de Gobierno porteño nunca concedió una entrevista a varios medios que no piensan como él, a los que, en cambio, retiró o minimizó la pauta de la ciudad.

La denuncia de las diputadas quedará como la anécdota bochornosa de esta campaña. Pese a denuncias falsas, promesas y acusaciones, los votos no se han movido desde las PASO. El famoso voto útil que con tanto afán han buscado los candidatos, si existe, se revelará a último momento, cuando el ciudadano medite en el cuarto oscuro con una mano en el bolsillo y otra en el corazón. Los números se mantienen justo al borde del triunfo en primera vuelta del candidato oficialista. Nadie discute quién ganará, sino por cuánto margen. Tampoco vale la suma mecánica de los votos de diferentes candidatos. Si fueran tan asimilables, ya se hubieran detectado migraciones en masa. Cada quien tiene lo suyo, con mucha ventaja para el oficialismo.

En democracia, ese resultado se convierte en un referéndum favorable a los doce años de gobierno kirchnerista. La marca es todavía mayor si se tiene en cuenta que ha sobrellevado una feroz campaña mediática que, con mucho menos, a otros les costó el Sillón de Rivadavia. Y ni siquiera contando con el invalorable respaldo de esa artillería, la oposición logró mellar un escenario en el que hubiera ganado Cristina Kirchner si hubiera podido presentarse y, en el que, a pesar de no poder hacerlo, logró transferir la mayor parte de su caudal electoral a un candidato de su propia fuerza. Se ha escrito que al no ser candidato ningún Kirchner, la lógica del peronismo determinará el fin del kirchnerismo. En contraposición, se pronosticó también la imposición de una hegemonía kirchnerista a Daniel Scioli. Son dos extremos por donde ambulan los análisis anti K. Por lo general, las expresiones de deseo no se compadecen con los matices que aporta la realidad que no anuncia extinción ni imposición sino algo diferente. También se habló de final de ciclo. Algo que se cierra. Este final de un gobierno que mantiene alta imagen positiva no da la idea de algo que cierra, sino de algo que genera otra apertura. Algo así como el final del comienzo de algo que se continúa. Es el mismo ciclo que pasa a otra estación. El domingo se acaba la especulación, hablarán las urnas y el tiempo dirá lo demás.

24/10/15 Página|12

 

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