Nada de lo que cuenta está todavía definido y así será hasta el final. La polarización es una hipótesis incumplida. Un 23% de los votantes opositores podrían cambiar su voto para apoyar al candidato mejor posicionado ante Scioli

 

 

La campaña transcurre, abundante hasta el derroche en el despliegue de propaganda y a la vez tristemente escasa en emociones. Mucha orfebrería publicitaria, apuntada a reemplazar el frío y el vacío de los que deberían generar algún entusiasmo. Lo logran apenas, en la casi instantaneidad de un spot de televisión que se evapora en el aire en menos de un minuto. Todo está más o menos como estaba hace dos meses. Scioli con enorme dificultad para superar el 40%. Macri con enorme dificultad para retener el 30%. Massa renacido, feliz y contento, pero con enorme dificultad para traspasar su 20%. Falta poco más de una semana y no pasa nada. O casi nada, que no es lo mismo pero es igual.
La elección sigue siendo una carrera de tres. Se sabe quién va primero, quién segundo y quién corre de atrás en el pelotón. Pero nada de lo que cuenta está todavía definido y así será hasta el final. La polarización es una hipótesis incumplida. Por mérito de Massa y el vigor con que defendió su posición que amenazaba disolverse incluso antes de las PASO. Pero también por impotencia de Macri y de Scioli, en ese orden, para encontrar una idea, un tono, una épica de ocasión al menos, capaz de romper el equilibrio gris que lo impregna todo. 
Scioli ya tiene todos los votos que puede darle el kirchnerismo y ninguno más. Se aferra a rescatar las bondades de este tiempo y promete mejorarlas, poniéndoles su sello que es más amigable. Así sueña con raspar un par de puntos finales en el electorado que en estos años fue oficialista y después eligió otro rumbo. La posibilidad de asomarse al voto indeciso independiente quedó archivada bajo el manto de extrema cautela con que desenvuelve su campaña, buscando no irritar a Cristina. Pero ella se irrita igual. 
El equipo de campaña de Scioli cree que terminarán ganando sin balotaje por la suma de tres factores: 
Una leve recuperación de voto peronista en el Gran Buenos Aires.
El voto anti-Macri que suponen aflorará en la primera vuelta.
El voto a ganador del electorado menos informado, que muchas veces decide sobre la hora a quién apoyar. 
No es lo que se dice el gran final de una epopeya, pero puede alcanzar para ganar. En primera vuelta o incluso en segunda, según indican varios sondeos. 
Pero Scioli quiere liquidar la elección el domingo 25. Ir al balotaje podría ser leído como una derrota suya, aunque sea el candidato más votado en la vuelta inicial. El derrotado pierde su encanto y en una elección no hay campeones morales. En esta hipótesis, el andamiaje sostenido en la continuidad de una fuerza oficialista potente puede tambalear. Hay que ganar ya.
Macri, por lo que muestran las encuestas, no logra aún retener todo el voto radical y tiene problemas para sacarle a Massa una parte del voto peronista antikirchnerista. Por eso está estancado, aunque en su comando de campaña aseguran que viene creciendo su imagen y eso se va a terminar trasladando al voto. 
La apuesta de Macri se basa en que, una vez comprobado que Massa no crece tanto como para quebrarle la línea, él quedará consolidado como el único candidato capaz de llevar a Scioli al balotaje. Y eso, por generación espontánea, terminaría corriendo hacia su cosecha una porción del voto opositor que hoy sigue con Massa.
En orden a alimentar esta hipótesis de alto optimismo, Macri ha dado algunos pasos llamativos. Hace un par de semanas se cruzó muy duro con Massa, como si buscara debilitarlo para poder así cosechar parte de sus votantes. Lo que hizo fue darle más entidad a Massa; y a la vez le ofreció a Scioli la facilidad de decir que los otros se peleaban por salir segundos mientras él pensaba sólo en la victoria. Fue una jugada con mal resultado a dos puntas.
En los últimos días, más sereno, Macri se comprometió a “representar con humildad” a los votantes massistas. Suena más atinado, aunque es difícil saber si será suficiente para conseguir arrastrar a una parte de ese electorado.
En sus cálculos, Macri espera que una porción de votantes de Córdoba se le sumen en la primera vuelta al no tener la opción del gobernador José De la Sota en las boletas. También le ilusiona una mejora en el Norte del país, donde cree que la elección de gobernador en Tucumán, ganada por el kirchnerismo entre denuncias de fraude y violencia, le terminará arrimando algunos votos más. Y para levantar la puntería en la Provincia, donde el peronismo tiene un voto blindado y Massa juega su carta más fuerte, depende de que María Eugenia Vidal mantenga su condición de principal alternativa a Aníbal Fernández en la lucha por la gobernación.
Mientras tanto los aliados radicales, a falta de una contribución electoral vigorosa, le están arrimando a Macri alguna lectura del escenario electoral más sofisticada que la que produce el macrismo.
En su publicación web el ex diputado Jesús Rodríguez –mano derecha del jefe de la UCR Ernesto Sanz– destaca que el “fuerte apoyo institucional” partidario puede darle a Macri mejoras electorales en Santa Fe, Tucumán, Corrientes, Santa Cruz y Jujuy, donde el senador radical Gerardo Morales podría ganarle la gobernación al kirchnerismo. También menciona el eventual peso del radicalismo en Córdoba, aunque allí una treintena de jefes comunales de la UCR acaba de anunciar su apoyo a Scioli
Alerta también Rodríguez que ante una elección donde “los decimales van a contar para llegar a la segunda vuelta”, deberá prestarse atención a “las maniobras de la picaresca electoral que pueden ser determinantes”. En este sentido, consigna un dato sugestivo: en las PASO hubo 1.404 mesas en todo el país en las que Macri no registró ni un solo voto.
Esta es la etapa de la campaña en la que vuelan las encuestas. Hay un puñado de ellas a considerar seriamente. Y otras que se usan burdamente para hacer propaganda y algo que –si no sonara grandilocuente– podría denominarse acción psicológica sobre el votante indefenso.
Si se trata de intención de voto, los sondeos confiables ponen la definición del futuro presidente en zona de error del método. Esto es, con 3 puntos más o menos de cualquiera de los principales candidatos, Scioli puede ser presidente el domingo 25 o verse obligado a un incierto balotaje.
Como los márgenes son tan estrechos, vale detenerse en aspectos que pueden ayudar a predecir –con la inexactitud del caso– hacia dónde podrían migrar los votantes, si es que deciden cambiar la preferencia que ya expresaron en las PASO. Es un punto interesante, porque Scioli, Macri y Massa deberán sacarse votos entre ellos para romper el equilibrio inestable actual.
Un estudio nacional sobre más de 1.200 casos conocido ayer, de la consultora Polldata, muestra que un 23% de los votantes opositores estarían dispuestos a cambiar su voto para apoyar al candidato mejor posicionado para derrotar a Scioli. Es un fenómeno que se registra más entre las mujeres, los mayores de 30 años y los residentes en el interior del país.
Este es uno de los temas cruciales en lo que queda de la campaña. Macri conserva una clara ventaja sobre Massa en el conteo electoral, pero circulan sondeos que plantean que Massa estaría en mejores condiciones que Macri para enfrentar y vencer a Scioli en el balotaje, por su capacidad de contener sin dispersiones todo el voto opositor. Todo es, por ahora, pura hipótesis. Que quizás sólo se demuestre o invalide cuando la gente decida con su voto.
Es interesante también el punto de vista que aporta un estudio del Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano, acerca de la credibilidad de los candidatos o, más bien, de su ausencia. 
Aún parcial, porque mide sólo a vecinos de la Capital, el trabajo dice que el 58% no le cree a Scioli cuando dice que bajará la inflación a un dígito en cuatro años; el 47% no le cree a Macri cuando dice que eliminará los subsidios y el 57% no le cree a Massa cuando promete bajar la inflación en dos años.
Cuando a los encuestados porteños les preguntan a quién le cree más, el 24% dice a Macri, el 17% a Massa y el 11% a Scioli. La respuesta “a ninguno de los tres” reúne el 21% de las respuestas.
Como puede verse, también en este estudio, hay algo que falla en los candidatos. La indefinición electoral no es culpa de la gente.

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