Con Grondona fuera de este mundo, la frase más usada obviamente cambió, aunque no varió en su esencia: "Con Julio, esto no pasaba", empezó a escucharse con tanta asiduidad como el fútbol argentino insistía en suicidarse.

Carlos Crespi, el dirigente de Boca y de la AFA, además de poderoso sindicalista petrolero, encarna como pocos la viveza del fútbol argentino. La exalta y la promueve. En Costa do Sauipe, en diciembre de 2013, apenas quedó conformado el grupo de la Argentina para el Mundial de Brasil con rivales más que accesibles, no dudó en golpearse repetidamente el hombro izquierdo con los dedos índice y mayor de su mano derecha, a la vista de las cámaras de todo el mundo, en clara jactancia de que Él lo había arreglado todo. Él no era Dios, pero casi.

Un par de años antes, en septiembre de 2011, el relator Marcelo Araujo, en el comienzo de una transmisión de Fútbol para Todos del clásico entre Independiente y Boca, había disparado un monólogo reverencial: "Nunca el fútbol argentino tuvo tanta representación en una de las multinacionales más importantes del mundo. Él maneja las «finanzias» [sic]. Dio la orden de pasarse del dólar al euro, y los depósitos crecieron fuertemente. Era y es el Kirchner de la FIFA". El remate no dejaba lugar a confusiones: "¿Usted quiere saber de quién estoy hablando? Del señor Julio Humberto Grondona, presidente de la AFA y vicepresidente de la FIFA".

Lo que en su momento pudieron ser gestos de devoción exagerada, para sobredimensionar incluso un poder que no lo necesitaba, con el tiempo puede volverse un argumento incriminatorio, si es que alguien tiene tanta influencia en todo.

Con Grondona en vida, cada discusión en el fútbol argentino o latinoamericano se zanjaba con su muñeca, si es que estaba presente, o "cuando Don Julio vuelva de Zurich", si es que estaba en esa ciudad, que le resultaba tanto o más familiar que Sarandí. En el futurista búnker de la FIFA, más pensado para soportar un ataque aéreo que para debatir los problemas del fútbol, se movía con la misma naturalidad que sentado a la precaria mesa de plástico blanco de su estación de servicio en el conurbano o su mítico negocio familiar, en el que los tornillos cotizaban como lingotes de oro, si se toma en cuenta la rentabilidad de sus cuentas personales.

Con Grondona fuera de este mundo, la frase más usada obviamente cambió, aunque no varió en su esencia: "Con Julio, esto no pasaba", empezó a escucharse con tanta asiduidad como el fútbol argentino insistía en suicidarse. La penúltima vez que alguien la pronunció fue después del superclásico de la vergüenza, una muestra más de la degradación que supimos conseguir. La última, en la madrugada de ayer, cuando la infinidad de notas, de informes, de documentales, de auditorías, de libros sobre la corrupción en la FIFA se convirtieron por fin en una denuncia concreta, con nombres y apellidos, en la que el de Julio Humberto Grondona no aparecía, en principio? con nombre y apellido. Tanto, que con la diferencia horaria a favor o en contra, no se sabe, desde Nueva Zelanda, su hijo Humberto, se atrevió a hablar en plural: "Por lo que hablé en su momento con mi padre, sabíamos de ciertas irregularidades que se habían sucedido con las elecciones de las ciudades para Mundial".

Faltaba, todavía, leer algunos párrafos del extenso documento de denuncia presentado por la fiscal general de Justicia de los Estados Unidos, Loretta Lynch, para entender que esas "ciertas irregularidades" iban un poco más allá. Que con Grondona, esto también pasaba

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