Después del escandaloso superclásico, el conjunto millonario perdió 1-0 ante Cruzeiro en la ida de los cuartos de final; el miércoles jugará la revancha en Belo Horizonte, en donde perdió en cada visita; el plantel necesita una urgente reacción

     

Pisculichi es la imagen de la derrota de River en el Monumental. Foto: LA NACION / F. Marelli

Adormecido, anestesiado. Y por supuesto, muy complicado con vistas a la revancha del miércoles en Belo Horizonte. La derrota de River por 1-0 ante Cruzeiro, en el partido de ida por los cuartos de final de la Copa Libertadores, confirma que el equipo sigue en deuda consigo mismo y marcha a contramano de sus convicciones futbolísticas de hace no mucho tiempo. Un déficit que el cuerpo técnico deberá solucionar en forma urgente si no quiere que el sueño naufrague. El estadio Monumental enmudeció con el gol de Marquinhos a poco del final y trazó un panorama de extrema dificultad pensando en el desquite.

El principal desafío de River era recuperarse rápido del shock vivido en el desquite copero ante Boca, con todo lo que originó el ataque con gas tumberoen la Bombonera. Además, justo una semana después del escándalo en el superclásico, debía mentalizarse para enfrentar a su bestia negra, ya que en seis series en torneos internacionales (Libertadores, Supercopa, Mercosur y Recopa Sudamericana), nunca pudo salir airoso ante los brasileños. Incluso, tres de esos enfrentamientos fueron finales. Con lo visto anoche, el karma continúa.

Hubo un comienzo de nerviosismo en un Monumental desbordado de hinchas. Ponzio, el más afectado por el gas en el túnel, fue el más aclamado por el público. Con Mammana como estandarte juvenil -confirmado como lateral derecho-, con Carlos Sánchez y el Pity Martínez en la conducción creativa, River debía demostrarse a sí mismo que era capaz de dejar atrás lo vivido y enfocarse en esta serie que lo puede depositar en las semifinales.

Era cuestión de hacer pie ante un rival de fuste y en una instancia clave de la Copa que los millonarios no experimentaban desde la Libertadores de 2006, cuando fue eliminado por Libertad (Paraguay) en los cuartos de final. En esa búsqueda, River abandonó la pulcra imagen futbolística del comienzo del ciclo de Marcelo Gallardo, en el que el toque y las triangulaciones eran religión, para mutar anoche -y en los últimos tiempos- en un conjunto más combativo, en el que abundan la fuerza y la fricción.

Pero se insiste: no era una misión sencilla por todo lo extrafutbolístico, y porque últimamente no aparecían las respuestas en el campo de juego. El lunes, el DT hablaba todavía con la angustia de aquella noche fatídica en la Bombonera. Además de mencionar que el fútbol argentino "se está muriendo de a poco" por los continuos episodios de violencia, el Muñeco procuraba mirar hacia adelante y pensar en el cruce con Cruzeiro más allá de las dificultades del momento: "Tenemos que cambiar el chip, focalizar a los futbolistas, recuperarlos a nivel emocional y volver a jugar", alentó.

Asimismo, Gallardo permaneció alerta por el estado físico y anímico de varios futbolistas afectados por la agresión (Ponzio, Kranevitter, Funes Mori y Vangioni) y paralelamente intentó hacer equilibrio para no exponer públicamente al plantel, ya que no le gustó nada la foto en la que sus dirigidos cargaron a Boca con los dedos en V, por las dos eliminaciones en seis meses (Sudamericana y Libertadores). "El folclore no suma en estos días de violencia", aseguró entonces.

Lo cierto es que este plantel, después de eliminar dos veces a Boca en certámenes internacionales, necesita impulsar el sueño máximo en esta Copa Libertadores. Obtener este trofeo sería cerrar el círculo de un valioso ciclo deportivo y alimentar la grandeza de la entidad. Evidentemente, River juega hoy una carrera contra el tiempo. ¿Cómo encender las luces de este apagón futbolístico? ¿Cómo recobrar las virtudes individuales y generar un circuito virtuoso colectivo, para que los resultados reaparezcan?

Está claro que a ese carácter que supo demostrar ante Boca, el conjunto millonario debe sumarle fútbol y goles en Belo Horizonte para llegar a estar entre los cuatro mejores. Un objetivo que ahora, todavía con la frustración fresca, suena muy intrincado, pero que con el transcurso de los días, ya con las mentes despejadas y los músculos menos tensos, puede ser más alcanzable. Hay una legión de hinchas a la espera de que River pegue el gran salto, rompa el molde y quiebre ese estigma que lo persiguió desde siempre ante Cruzeiro, primer equipo en la historia de la Copa en superar como visitante a River (anoche) y a Boca (1994).

SOLO UN GOL EN LAS SEIS DERROTAS

Para entender las dificultades en las que se encuentra River hay que mirar el historial con Cruzeiro jugando como visitante. Perdió los seis encuentros que jugó en Belo Horizonte, recibió 16 goles y convirtió apenas uno (gol de Pinino Mas en el 1-4 en la final de la Copa en 1976)

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