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10 de junio de 2014

"Me enamoré de un hombre con hijos"

Cuando Rita Raimundo (36) conoció a Sergio (40), él ya era papá de Sofia (8) y Tomás (10). Después de superar miedos y prejuicios, contruyó una familia hermosa, y bien distinta de la que siempre había imaginado. Hoy, tienen una hija en común, Luz (1).

     

 Foto: Lucila Cummins

 

Por Carolina Cattáneo

"Soñaba con una familia tradicional"

Crecí rápido: a los 15 años ya vivía sola con mi hermana, pagaba cuentas, hacía mis propias compras, cocinaba para nosotras, rendía el secundario libre y me levantaba estrictamente a las siete de la mañana para ir a ensayar danzas clásicas. Es que a esa edad me vine a Buenos Aires desde Pergamino para estudiar, siempre apoyada por mis papás. De chica, siempre fantaseé con la idea de tener una familia parecida a la que habían formado mis padres: primero iba a conocer a mi novio, después me iba a casar por Iglesia y de a poco se irían sumando los hijos. Siempre quise ser mamá y tenía muy instalada la idea de "familia tradicional".

"Sergio fue un milagro"

Después de una ruptura con un novio con el que había salido durante siete años, pasó un tiempo en el que conocía gente pero nadie era importante para mí, nadie me deslumbraba. Como siempre fui tan independiente, necesitaba a una persona que pudiera estar al lado mío y que yo pudiera seguir siendo libre, que respetara mis sueños y mis proyectos. Entonces, no era fácil, ¡asusté a más de uno por mi actitud o por mi forma de tomar decisiones! Sergio fue un milagro. Una noche, a la salida de mi clase de teatro, estaba cenando con una amiga y nos pusimos a conversar con dos chicos de la mesa de al lado. De entrada, la mirada de Sergio me impactó.

Cuando le di el pin de mi celular y lo acepté como contacto, vi que en su foto de perfil aparecía él junto a dos chicos, un varón y una nena. Imaginé que era padre. Me invitó a salir y acepté. Era como un juego; no tenía demasiado para perder y sabía que no estaba para engancharme en el plan de "salir con un papá". Nos vimos en el mismo restaurante donde nos habíamos conocido. Con cualquier cosa que decía, a mí me iba gustando un poco más. Pasaron dos horas y media, pero para mí fueron diez minutos. Esa misma noche me enamoré y cuando llegué a mi casa pensé: "Qué sonada que estoy..., enamorarme de alguien que tiene hijos".

"Él no quería tener más hijos"

La cita había sido un lunes. El martes, mientras iba en colectivo a trabajar, seguí mis impulsos y le mandé un mensaje de texto para preguntarle si pensaba seguir teniendo hijos. Era consciente de que con esa "bomba" que le acababa de tirar capaz lo ahuyentaba del todo, pero para mí era importante saberlo. Él me llamó inmediatamente y fue tajante: "No, no quiero seguir teniendo hijos". ¡A mí se me vino el mundo encima! "Lo encontré, me gusta, y no quiere seguir teniendo hijos... ¿Qué hago?". Ese era mi gran dilema. Sergio me dijo que para él ser papá era una responsabilidad muy grande y que quería y necesitaba dedicarles tiempo y amor a Tomás y Sofía, los dos hijos que ya tenía. Me invadió una mezcla de sentimientos y sensaciones. Por un lado, entendía su postura y me encantaba que fuera un papá responsable y dedicado. Pero por otro lado, sentía que se ponía en riesgo mi deseo de tener una familia propia. Y se lo dije como pude, como me salió en ese momento: "Bueno, no sé qué va a pasar con nosotros, porque ni siquiera nos dimos un beso, pero quiero que sepas que yo sí quiero tener hijos, así que veamos qué hacemos". Habíamos quedado en vernos a los dos días y realmente pensé que con ese mensaje había cortado la onda. Pero al día siguiente me llamó para coordinar la salida. ¡No podía creerlo! Cuando nos vimos, lo primero que le dije fue: "Derrapé, ¿no?". Y los dos nos reímos. Él me confesó que, apenas había cortado conmigo, lo llamó al hermano que vive en España para preguntarle qué hacía, porque le agarró la angustia de no volver a verme porque me había dicho que tenía decidido no tener más chicos. Después de esa cita, ya no nos pudimos despegar.

 Foto: Lucila Cummins

 

"Me dolía no ser la primera en convertirlo en padre"

Sergio estaba con sus hijos una vez a la semana y todos los fines de semana, además de que los acompañaba mucho en sus actividades diarias. Entonces, para mí, al principio era re divertido: yo seguía haciendo mis cosas, pero tenía a mi novio que también tenía las suyas. Había encontrado al hombre con el que había soñado. Pero los fantasmas seguían estando; cuanto más me gustaba y más me enganchaba, pensaba:

"Lo estoy conociendo, me encanta, pero esto se va a terminar porque él no quiere tener hijos". Era difícil entender por qué me estaba enamorando de él. Sentía que había llegado "segunda" a su vida, y eso me causaba el dolor más grande. ¿Por qué no lo había encontrado antes? ¿Por qué él no me había elegido antes? No eran celos, era egoísmo. ¿Cómo no era yo la mujer que le dio la posibilidad de ser padre por primera vez? Yo estaba muy enfocada con mi trabajo espiritual, y traté mucho este tema con mi maestro. Me daba cuenta de que yo no podía dejar de estar al lado de alguien porque tenía un pasado. Las opciones eran: daba un paso y me arriesgaba... o daba media vuelta y me iba. "¿Lo voy a dejar porque tiene dos hijos?", "¿Lo voy a crucificar por eso?", "¿Voy a dejar de ser feliz porque es papá?", eran las preguntas que me hacía. Pero lo cierto es que ya no había vuelta atrás. Estaba enamorada realmente de Sergio.

"Un día, era soltera..., y al día siguiente, ¡tenía una familia!"

Nunca tuve miedo de conocer a Sofi y a Tomi. Sergio hablaba tanto de ellos que yo ya sabía cómo eran. Los conocí a los cuatro o cinco meses de estar con Sergio y empezamos a hacer una vida de familia. Si bien yo vivía en mi casa, Sergio en la suya y los chicos con su mamá, compartíamos mucho tiempo. Él nunca los excluyó de nuestros planes, siempre estuvieron presentes en cada una de las decisiones que tomábamos. Si nos íbamos a ir de vacaciones, chequeábamos cómo venían ellos con sus cosas y si podían acompañarnos. Fue todo bastante rápido, no bien empezamos a salir, ya éramos cuatro: me daba vuelta y siempre había dos más atrás..., ¡y no eran míos! Antes de conocerlos, yo pensaba que todo iba a ser igual que con los hijos de mis hermanas y yo iba a ser una especie de "tía" que podía jugar con ellos, divertirse y pasarla bomba. Pero con el tiempo me di cuenta de que no era lo mismo ser la tía que ser la novia del papá. Si bien me aceptaron desde el primer día y nunca me hicieron sentir mal, los cuatro tuvimos que ir encontrando nuestro propio lugar.

"Sentía una enorme responsabilidad y no me animaba a ponerles límites"

Tenía pánico de que me pasara algo con los chicos, algo que no sentía con mis sobrinos, por ejemplo. Me acuerdo del día que los fui a buscar al colegio por primera vez: ¡iba manejando por la autopista y me transpiraban las manos! Tenía miedo de llegar tarde y que ellos no encontraran a la figura adulta de referencia. Ahí me di cuenta de la enorme responsabilidad que tenía encima. Cuando empezamos a convivir y a pasar más tiempo juntos con los chicos, aparecieron dos temas: el compartir las cosas de la casa y el de los límites. Yo vengo de una familia en la que todos colaborábamos. Si una ponía la mesa, la otra lavaba los platos y la tercera los secaba. Si algo de esto no pasaba en esta "nueva familia", para mí era difícil o raro, entonces le pedía a Sergio que empezáramos a incluir esos hábitos y, por suerte, de a poco, todos los fuimos incorporando. Con respecto a los límites, si había algo que hacían que no estaba bien, yo no me animaba a decírselos. Un día, hice clic y entendí que, si éramos una familia, yo también, siempre desde el respeto y el amor, tenía derecho a decirles cosas. Nunca con gritos, porque, de hecho, gritar no es mi forma de vida, sino siempre desde un lugar más amoroso. Con el tiempo, entendí que Sofi y Tomi tienen una mamá y un papá y que yo simplemente acompaño al papá en el crecimiento de sus hijos, pero quienes deciden en la forma de crianza, en la educación, qué hacer o adónde ir, son sus papás.

 Foto: Lucila Cummins

 

"Cuando solté la idea, vino Luz"

Del tema de tener un hijo juntos no volvimos a hablar, hasta que un día fuimos a un bar, al cumpleaños de una amiga. En un momento, miré el reloj y eran las tres de la mañana. Lo vi a él, que estaba en la barra, mirándome. Lo miré, le sonreí y, para dentro de mí, pensé: "La verdad es que al final está bueno no tener hijos, porque son las tres de la mañana, la estoy pasando bárbaro con mis amigos, con mi pareja, y si tuviera un hijo no podría estar acá o estaría re preocupada". Solté la idea y me convencí de que, si finalmente no teníamos un hijo, estaba todo bien. A la mañana siguiente, Sergio preparó un desayuno y me contó que había estado pensando al respecto. "Me encantaría tener un hijo con vos", me dijo. Al mismo tiempo, los dos habíamos liberado algo interiormente y el tema se destrabó solo. Quedé embarazada y, antes de que naciera Luz, uno de mis miedos más grandes era que él no le diera bolilla. Él es un papá tan presente, hace tantas cosas con los chicos, que en mi cabeza fantaseaba con que nunca iba a tener tiempo para esta beba que venía, que no la iba a amar, que no le iba a dar su lugar, sus cosas. Luz nació el Día del Padre del año pasado, como un regalo perfecto. Ya tiene casi un año y mis miedos sobre si Sergio la iba a querer menos que a sus hermanos se disiparon completamente cuando lo vi interactuar con ella.

"¿Y si lo que me enamoró fue que él ya fuese padre?"

Hoy, tengo una familia que es hermosa, una hija que todos los días me enseña algo nuevo y Sofi y Tomi, que no son mis hijos pero me enseñan día a día también, con su forma de abrazarme, de pedirme cosas, de respetarme si les pido, por ejemplo, que ordenen su cuarto. Somos una familia. ¿Es la familia que yo imaginé? No. ¿Es la familia típica? Tampoco. A veces me encuentro preguntándome aquello del principio: "¿Por qué no llegué antes a su vida?". Todavía no se me pasó del todo, pero hoy puedo decir que no se compara eso con lo que sí ocurrió. Ahora que hace un tiempo que estamos juntos, me doy cuenta de que quizá lo que me enamoró de Sergio haya sido que él ya fuera un gran padre.

¿Vivís una experiencia parecida? Contanos tu historia.

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